“Pausa”, de Hilario Rodeiro, es uno de los discos más introspectivos, fascinantes y misteriosos de 2024.
Texto: Federico Ocaña
El quinteto liderado por el propio Rodeiro y que cuenta con Eneko Diéguez al saxo alto, Julen Izarra al tenor y soprano, Kike Arza al contrabajo y Juan de Diego a la trompeta y fiscorno, se diría casi el autor colectivo de este disco, publicado por Errabal. En él, el músico gallego ha volcado su buen hacer, su madurez como compositor-intérprete en la senda del free jazz de Paul Motian o Paul Bley, y su arraigo con su tierra de origen, Galicia, y con su tierra de adopción, Euskadi.
Rodeiro, curtido en Galicia y Cataluña pero consolidado y arraigado, como decimos, en Guipúzcoa, donde reside desde hace más de diez años, lleva su preocupación por el timbre a un conjunto sin armónicos. La agrupación es toda una declaración de intenciones, una detención en ese camino que a veces parece unívoco y lineal hacia el progreso de la música -o ponga aquí el lector detrás de la palabra “progreso” el complemento que quiera. La “pausa” de la que hace gala Rodeiro es la que reivindica la música popular, el folclore gallego y vasco, la que nos transporta desde el paisaje industrial de la fotografía de portada hasta la alboka, el instrumento tradicional que inspira la primera estación del disco: “Pausa para mirar dentro dun”.
La monodia de apertura nos sitúa ante una liturgia de introspección y al mismo tiempo ante un ejercicio de resistencia en un sentido casi político. El recorrido de esta «Pausa» no es tanto el recorrido por las distintas etapas del día, como sugeriría una lectura literal y empobrecida de lo que propone el propio Rodeiro en las notas, como el reflejo subjetivo de ese recorrido, donde creemos que apunta el sentido de sus palabras. Izarra, Eneko Diéguez, Kike Arza y un veterano inconformista como Juan de Diego acompañan a Rodeiro en esta aventura interior-exterior, por eso tiene todo el sentido del mundo que sean ellos y no otros quienes conformen esa agrupación, refrendando, como el baterista gallego ha confesado en alguna ocasión, que el trabajo de composición se basa en la búsqueda de una sonoridad concreta tanto como en la colaboración con músicos concretos -y, podríamos agregar, con instrumentos concretos, ya que se nos hace difícil pensar en un clímax parecido en un grupo que dejara fuera, por ejemplo, al saxo soprano y el fiscorno, que tan frecuentemente encontramos en agrupaciones populares.
Esa heterogeneidad explica también que, dentro de la continuidad que da el timbre del quinteto, el estilo transite desde el apego al folclore -la monodia del comienzo del disco se repite en los solos de los temas, así como en “… Con Mary”- hasta armonías que se construyen desde el diálogo entre bajo y batería (“Perdoa”) o solos en la tradición del jazz de vanguardia (en esta “pausa” hay que aceptar paradojas como esta) como los de “Perdoa” o “Para ti”.
Los tres vientos se combinan y cruzan en un plano de igualdad al que invitan al bajo y la batería. La autonomía de los cinco instrumentistas los aleja de la interdependencia de la música popular y, a pesar, como decimos, de la sonoridad y el timbre, nos ayuda a entender la cercanía, casi la equidistancia, respecto del free jazz y la música clásica improvisada. El carácter, en definitiva, es el de una liturgia (aludíamos al comienzo de esta crítica a lo misterioso, que ahora podríamos perfilar como “mistérico”), un proceso interior en el que es más importante encontrarse que encontrar, escuchar que hablar, pasear que actuar (o, lo que es lo mismo, dejar de producir para otros y producir un tiempo libre, liberado de cargas, antes que seguir soportando esa carga).
Esta “Pausa” deja que la mente navegue por un paisaje industrial como si de un prado abierto se tratase y viceversa (en una arriesgada metáfora geográfica, podríamos decir que esa combinación de paisajes es la que caracteriza el medio gallego y vasco). Es el “espejo” del que habla la propia música (“No Espello”), que podría ser el que nos guíe por el terreno convergente de lo popular y la vanguardia, entre el “Si Me Tuveras Cariño”, tema tradicional extraído quizá de las grabaciones de Gustav Henningsen (agradezco a Santiago Sanjurjo la documentación y el apunte) y la “Pausa Para Mirar Fóra” con la que el disco se cierra con toda coherencia.
Ese espejo en el que lo individual es colectivo, en el que los instrumentos de viento reflejan la alboka, en el que nos encontramos en la intimidad con los demás, es el que da cuenta, en general, de la música de vanguardia y del jazz, y en concreto de este disco y esta agrupación cuya escucha recomendamos.