El saxofonista estadounidense se presentó el pasado 24 de marzo en el Teatro San Pol de Madrid en formato sexteto, ofreciendo un espectáculo en todo el sentido de la palabra
Texto: Daniel Román
Fotografía: Daniel Glückmann
Como esto es una revista de jazz, supongo que es absolutamente innecesario hablar de la carrera, los premios, su labor como sideman y su evidente conciencia política respecto a la música afroamericana en Estados Unidos. Lo ha ganado todo, ha tocado con todos y se dice que es el alto más influyente después de Parker y Coltrane. En el jazz, la historia no es una anécdota ni es inocuo vincular a GarrettGarrett con su contexto sociopolítico. La necesidad de vanguardizar el género es también una búsqueda espiritual de sus exponentes, que de una u otra forma dan cuerpo sonoro a la necesidad de libertad. Tal vez esta libertad necesaria —física, política— esté en el centro de la urgencia por lo nuevo –a veces lo nuevo se encuentra escarbando en el pasado–. Tal vez este género en particular aún se sostenga por el voluntarismo de sus intérpretes más que por la brillante luz de la fama o el dinero. Conocemos los límites y la precariedad de esta música en comparación con las músicas bailables.
Este preámbulo me permite llegar a dos puntos centrales: lo de Garrett es música bailable (el jazz, sabemos, nace así) y el concierto se realiza en el Teatro San Pol, en plena colonia Manzanares (soy vecino del barrio, por cierto). Lo del jazz bailable, en este concierto, es literal: gente de pie, moviendo las caderas y aplaudiendo. En lo musical, efectivamente, esta propuesta tiene algo de noventera en el sentido de Marcus Miller y del hip-hop.
Recuerdo esos años y grandes discos de rock y hip-hop (o rap, como le llaman algunos) y colaboraciones entre músicos de jazz y raperos que, con sus tornamesas, desplegaban lo que ahora se conoce como freestyle, o en español, “rapear”, es decir, elaborar discursos sobre un beat o una pista. El asunto es que entre los solos de Garrett aparecía cierta continuidad con esa sonoridad free de Coltrane (con esa sensación de búsqueda permanente) y ese despliegue atiborrado de las tríadas y pentáfonas que van definiendo el camino armónico del improvisador. También Garrett se acerca al micrófono y “rapea”, aplaude, nos incorpora al espectáculo (como un James Brown otoñal, obviamente), pero más cercano a un espectáculo, a momentos, de soul o funk.
Estoy medio convencido de que las músicas de tradición oral, más que remitir a un despliegue sonoro en sí mismo, son sobre todo una reactivación de un concepto de comunidad; no sería, en ese sentido, una experiencia bidimensional –artista-espectador–, sino una experiencia inmersiva donde los cuerpos reverberan y refractan música, o mejor dicho, mediante esa música se construye un núcleo del cual todos los asistentes somos parte. Me queda reforzar este concepto por la presencia de la cantante y el percusionista. Obviamente, también los músicos son excepcionales. Y el espectáculo, por supuesto, cuenta con sendos solos de piano y batería. El contrabajista brilla por su laboriosidad y por lo que siempre se le debiera elogiar a un bajista por sobre su extremo virtuosismo: hacer el trabajo de bajista.
Respecto al segundo punto (lo del Teatro San Pol), es llamativo que no haya estado desbordado. Hablamos de una megaestrella del jazz (me recuerda algún meme de esos de gatos donde la chica le reprocha furiosa; “me dijiste que eras famoso”, a lo que el gato replica con las gafas oscuras puestas: “en el mundo del jazz”). Uno esperaba otra respuesta del público. Con esto voy cerrando y me quedo con esta idea que cada vez me atormenta más, y me imagino que a los jazzistas también: ¿qué tal si invertimos la lógica y, en vez de gastarnos la vida y el dinero en hacer discos sonoramente maravillosos, nos concentramos en hacer crecer nuestras cuentas en redes sociales y gastarnos la pasta y el tiempo en difusión y ser conocidos? De gastar 90% en música y 10% en marketing, damos vuelta la tortilla y llenamos teatros con una música que, a fin de cuentas, cada vez importa menos.
Es evidente que cuesta encontrar sitios donde tocar –y recibir una retribución justa–, y dar clases es un mecanismo de supervivencia que se va debilitando sistemáticamente y que exige cada vez más titulaciones. Si a Kenny Garrett le cuesta llenar (por la lluvia, la tormenta, el fútbol, la hora o el día), imagínense qué queda para los locales y jóvenes que se inician en este mundo. Viva el jazz.