Vulfpeck y Judith Hill en Noches del Botánico: ¡Hagámoslo Funky!

Texto: Jaime Bajo

@altonellis.weekend

Fotos: Darío Bravo

@dariobravo.es

 

George Clinton y su pandilla intergaláctica Parliament / Funkadelic solían emplear el término “funk” -deformación de “fuck”, el equivalente inglés a “joder”– como un acto irreverente y explícito de provocación y una descarada llamada a romper con lo establecido, a desafiar convencionalismos sociales y reivindicar la negritud desde un prisma eminentemente hedonista -los afroamericanos también sabían darse de lo lindo al despiporre colectivo antes de que aflorase la música disco-, haciendo de sus comparecencias en directo un puro derroche de medios, coreografías y despliegue escénico difícil de emular.

Replicar, a estas alturas, un directo del padrino de la corriente “p-funk” no tiene mucho sentido -porque, entre otros motivos, supondría afrontar una gira con pérdidas-, pero sí lo tiene rescatar ese espíritu desenfadado y proclive al jolgorio del que ha venido haciendo gala hasta que hace no tanto anunciara su retirada, suponemos que provisional -pues el mundo está necesitado de la genialidad del “perro atómico”-, de los escenarios. Las dos propuestas que Noches del Botánico planteó para la velada del domingo 21 de julio son, en buena medida, deudoras de aquel legado.

A la compositora angelina Judith Hill la querencia por el funk le viene por ascendencia directa -sus padres y actuales integrantes de su formación de directo, la pianista japonesa Michiko y el bajista afronorteamericano Robert Lee “Pee Wee” se conocieron como integrantes de una formación de funk en su periodo de máximo esplendor, allá por la década de los setenta del pasado siglo-; años más tarde llegaría el apadrinamiento por parte de Michael Jackson o Prince -en 2015 liberó un trabajo a la red que contenía un mensaje de bienvenida de Prince- y el despliegue de su fulgurante carrera en solitario.

Así que no es de extrañar que Judith Hill, haciendo gala de ese magnetismo que irradia desde el escenario, el exotismo de sus rasgos híbridos y la deslumbrante vestimenta dorada que lucía -a las fotografías me remito-, dedicara un espectáculo a ofrecernos una buena ración de funk en su expresión más cruda y próxima a su estética inicial, con dos variantes claramente distinguibles, apreciables ambas en su trabajo más reciente: su alma más “bluesera” en piezas como “Flame”, “Cry, Cry, Cry” o “Runaway Train” y su alter ego descarnado y funkófilo en canciones como “Turn Up” o “We Are The Power” -detallazo por parte de la organización al conseguir para Michiko un órgano Hammond con Leslie para fortalecer ese sonido añejo en el que la pianista se maneja a las mil maravillas-.

Pero, si he de elegir, la faceta que más me sorprendió de la californiana, además de su virtuosismo con la guitarra y los formidables registros vocales de que es capaz -y que encandilan al público, a juzgar por sus reacciones-, es cuando afirmó que la forzada reclusión pandémica le había obligado a “conectar con sus emociones más profundas” y ese rechazo que le generaba esa especie de arácnido conocido como la viuda negra en aras de producir un efecto sanador, transformándolo en un tema profundo, “Black Widow”, en el que aborda la teatralidad interpretativa de la “spoken word”.

Bien distinto es el planteamiento con el que la banda del momento Vulfpeck aborda su aproximación al género. Para comenzar, nos enseñaron que las músicas afrodescendientes no tienen por qué proyectarse a un público militante, ya que tienen vocación de apelar a las mayorías -primera comparecencia en nuestro país y “lleno absoluto”, con el público coreando cada tema-. A su vez, nos han enseñado un camino que ya exploran proyectos afines en lo musical como Snarky Puppy: la autogestión es posible sin necesidad de acudir a las compañías promotoras que monopolizan las giras y macrofestivales. Llenar el Madison Square Garden sin apoyarse en ellas no es tarea baladí. Y lo mejor es que lo consiguen satisfaciendo por igual a aquellos que podemos considerarnos “militantes” y a aquellas que acuden a la llamada de un buen directo sin importarle tanto la adscripción de género que la banda en cuestión practique.

Vulfpeck cuenta con un plantel espléndido de versátiles multi instrumentistas que les permiten permutar los elementos sin que el producto se devalúe. Más bien al contrario: añade dinamismo al conjunto y genera esa expectativa por descubrir qué es lo que va a suceder en el próximo tema a ejecutar en una puesta en escena que nos deja ojipláticos con cada giro de guion.

Así, tan pronto gozamos de todo un soulman como Antwaun Stanley – ¿Lo veremos emprender carrera en solitario como el “spin off” de Durand Jones & The Indications protagonizado por Aaron Frazer? Ojalá sea pronto y lo plasme en forma de álbum- desgañitándose en “1612” o entregándose al baile sin timón en “Funky Duck” mientras le sobrevuelan numerosos patitos de plástico, como vemos a Jack Stratton -cuyo padre ejerció como introductor de su actuación, chiste machista incluido- pasarse a la batería para liberar al baterista para que borde “Lonely Town” con un adorable falsete, al saxofonista Joey Dosik deambular libertino sobre el escenario interpretando “Tesla”, o al excepcional bajista Joe Dart -con ese oscilante y adictivo movimiento de cuello- iniciar un tema en solitario para marcarse un frenético funk junto al guitarrista Cory Wong, quien a su vez había ejercido como baterista en una canción anterior. Y el público, que en muchos casos es la primera vez que tiene ocasión de verlos, corea cada línea de bajo de la saga “It Gets Funkier” o se emociona entonando composiciones como la adictiva “Back Pocket”, al estribillo facilón de “Sauna” -papadapapapa- o la celebración atemporal de “Christmas in L.A.”.

Puede que anoche asistiéramos a la única oportunidad de disfrutar de los “funkateers” de Michigan en la distancia corta -antes de que se conviertan en moneda de cambio de los macro eventos como Michael Kiwanuka, The Parcels o The Black Pumas-, con un directo que garantiza la extensión del funk a las generaciones actuales que entienden a la perfección, de un modo bastante intuitivo, que la música, si se trata de composiciones de calidad y se cuida su proyección pública, no tiene por que restringirse a determinados grupos sociales o tramos de edad. Afortunadas las personas que nos dejamos caer en una noche tórrida e histórica de las muchas que acontecen en el Jardín Botánico.

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